Zevallos: mi abogado me dijo váyase mientras pueda» – «@Lenin me dijo ándate y tómate unos 2 cocteles a mi nombre»

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El paso de Juan Carlos Zevallos por la función pública duró once meses, desde el 22 de marzo de 2020 hasta el 26 de febrero de 2021, un tiempo marcado por la controversia en medio de la peor crisis sanitaria que ha vivido el Ecuador. Zevallos estuvo al frente del Ministerio de Salud, mientras estallaban graves casos de corrupción y el país enterraba a miles de los suyos en medio de la confusión y el caos. En esta entrevista el exministro explica por qué aceptó el nombramiento, habla de los escollos internos, del plan de vacunación (que afirma sí existió) y de las listas VIP. Asegura que no tuvo injerencia en la vacunación de su madre y que oponerse a la corrupción lo puso en el ojo del huracán. Aunque reconoce que hubo errores, está convencido de que el manejo de la pandemia en el Ecuador fue ejemplar.

Por Ángela Meléndez S.

—¿Esta es la primera entrevista que usted da después de dejar el cargo?

—Es la primera.

—¿Cómo era su vida antes de la función pública?

—Vivía en Estados Unidos desde 1998 cuando acepté una posición en los Centers for Disease Control (CDC), referente mundial en el manejo de pandemias. También era profesor en la Florida International University (FIU) y trabajaba en el hospital Baptist de Miami. Tuve la suerte de ser admitido en el programa élite Epidemic Intelligence Service (EIS). Después de eso me hicieron la oferta de quedarme en Estados Unidos. Decidí regresar al Ecuador como decano de Medicina de la Universidad de Las Américas (UDLA), y casi cumplo el año cuando me llamaron a ser experto en el COE nacional, al empezar la pandemia.

—Ese fue su primer cargo…

—Exactamente. Ahí varias personas me propusieron que me hiciera cargo del Ministerio de Salud (MSP). Con todo respeto para la doctora (Catalina) Andramuño, ella tenía una visión más local de cómo manejar el ministerio. No tiene nada de malo, pero carecía de la visión internacional que se requería para manejar una pandemia.

—¿Quién le propuso directamente ser ministro?

—Tuve una entrevista con varios miembros del Gobierno: el exvicepresidente (Otto) Sonnenholzner, el exsecretario (Juan Sebastián) Roldán y varias otras personas; finalmente recibí la propuesta del presidente, a quien no conocía, no había visto, no había estado con él físicamente.

—¿No conocía previamente al presidente?

—No.

—¿Y por qué aceptó el cargo?

—Estábamos en medio de la crisis. Acepté porque creo que tenía la capacidad de hacerlo. Había tenido la experiencia del CDC, había sido un EIS Officer, que es notable en el manejo de crisis, etc. Yo me sentí en la capacidad de hacerlo, había vivido en Italia, me formé allí e Italia había pasado a ser el país con mayor número de muertos en ese momento. Yo mantengo mis contactos en Italia y las conexiones con el CDC.

—¿Pero usted sabía cómo funcionaba el MSP?

—Yo estaba consciente del reto y lo asumí. Había vuelto al Ecuador porque quería servir al país, por eso, asumí lo de la UDLA, pero se presentó la pandemia, atendí las reuniones del COE y me di cuenta de que había necesidad de actuar. Tenía la experticia como para manejar esta situación. Estuve en dos eventos importantes: el huracán Katrina y el terremoto de Haití, que ocurrieron mientras trabajaba en el CDC. Me sentía capaz de hacerlo y, por eso, acepté. El MSP es un reto importantísimo por la cantidad brutal de personas que se añadieron en los años previos y porque hay un problema de corrupción que ha durado décadas y que yo logré frenar. Ese es el problema grave. Muchas de las reacciones contra mí han sido porque de alguna manera frené una corrupción rampante.

Yo tenía una fuerte resistencia de los médicos de Guayaquil. Foto: Cortesía.
—Primero hablemos del manejo de la pandemia, de esos oscuros días que vivió Guayaquil, de los muertos sin identificar, del horror vivido allí…

—La primera acción fue trasladar el despacho a Guayaquil porque creí conveniente ir al centro de la pandemia, el estado de excepción se había instalado un par de semanas antes. La experiencia de esos días fue espeluznante. La ciudad estaba vacía. La gente confinada, aterrorizada dentro de sus hogares. Las consultas externas estaban cerradas y la gente no acudía a los hospitales, sino cuando ya era muy tarde, cuando ya tenía síntomas insoportables, y cuando ocurría eso las probabilidades de sobrevivencia eran prácticamente nulas. Adentro de los hospitales, los médicos escogían quién entraba y quién no. Los que tenían mayor probabilidad pasaban a las salas improvisadas, donde se les brindaba atención de sostén, los que no tenían capacidad de sobrevivencia morían, pasaban a la morgue que no tenía capacidad sino para cuatro o cinco cadáveres. 704 personas murieron en Guayaquil en un día. Ahí se pasó a una solución extrema: poner los cadáveres que no cabían en la morgue en los corredores de los hospitales o en las áreas administrativas, después gestionamos los contenedores, pero no había armazones para cada uno de los cadáveres, estaban uno sobre otro.

—¿Por qué no pudo ser controlada esta realidad? ¿Quién se equivocó, doctor Zevallos?

—Fue un problema tenaz el manejo de los cadáveres. No había funerarias, en la crisis nadie sabía qué hacer, tanto que la OMS y otras organizaciones sugerían cremar los cadáveres. La capacidad de cremación de los dos cementerios en Guayaquil era de entre diez y doce cadáveres al día. En ese momento llamé a la gente que había trabajado en el CDC en Haití y Katrina, y ellos me dijeron algo que cambió el rumbo del manejo de los cadáveres, y era que podíamos enterrarles y ponerles en criptas. Esto fue liderado por el ministerio. Había resistencia por parte de la fuerza pública para manejar los cadáveres porque tenían terror de contagiarse, no se sabía que los cadáveres ya no contagian.

—Pero, doctor, el destino de los cadáveres es un tema inconcluso. Hubo familias que enterraron cuerpos ajenos y que hasta ahora no encuentran a los suyos. ¿En realidad que se hizo un buen trabajo?
No nos dejaban sacar los cadáveres de las casas. Foto: Vicente Gaibor.

—Creo que se hizo un gran trabajo porque cuando yo llegué a Guayaquil ya había varios días de una muerte brutal. Había muertos en las veredas y muertos dentro de las casas, pero nosotros íbamos a recoger y no nos dejaban sacar el cadáver. En ese momento las acciones que se tomaron fueron las justas. Comenzar a enterrar, trasladar a los médicos, disminuir a un paso la emisión del certificado de defunción, hacer las brigadas para recoger los cadáveres. Claro que hubo errores, en todo el mundo, pero los superamos.

—Entonces, ¿usted dice que los errores fueron porque la situación en sí misma se desbordó?

 10 obispos pidieron mi destitución porque yo no aceptaba el uso de dióxido de cloro”.

—El principal escollo fue la ignorancia respecto a lo que se debía hacer. La ausencia de política pública en gestión de salud de las organizaciones internacionales. La OMS se equivocó, un tiempo decía que usar mascarillas no servía y después rectificó, luego decía que había que cremar los cadáveres y después que no. Había mucha ignorancia y en ese momento el Gobierno tuvo una respuesta muy buena. El segundo escollo eran los médicos, porque hasta este momento no había un tratamiento para el SARS-CoV2. Hay tratamientos experimentales, pero tampoco hay diagnóstico. El escollo mayor fue no tener un diagnóstico preciso hasta ahora. Yo tenía gran resistencia con los médicos del Puerto Principal.

—¿Qué tipo de resistencias?

—Querían que como MSP endosara tratamientos que no estaban aprobados. El uso de la hidroxicloroquina, por ejemplo, que se demostró que causaba más muertes súbitas que beneficios para los pacientes, causaba arritmias y paros cardiacos. Entonces, lo que yo hice fue decir que respeto el criterio médico, pero que no endoso ningún tratamiento cuyos resultados no tengan evidencia científica. Luego, once obispos firmaron una carta para mi destitución porque querían que se usara el dióxido de cloro, que no sirve para nada. Solicitaron, además, la destitución de varios funcionarios por la irregular entrega de carnets de discapacidad y otros temas.

—Pero tuvo otros desencuentros con los médicos, cuando dijo que muchos no se contagiaban en los hospitales sino en el ámbito social y que más bien llevaban la enfermedad a las casas de salud. Esas declaraciones fueron lacerantes en el momento de tensión que se vivía…

—Los médicos contagiaban, se contagiaban fuera del hospital y llevaban el virus sin quererlo. Esa fue mi primera gran bronca con los medios y los médicos, que no podían admitir que se habían equivocado, entonces, decían que se contagiaban de los enfermos, pero yo mantengo que no fue así y las estadísticas mundiales muestran que en el 70 % del personal de salud que asistía a fiestas, reuniones… adquiría el virus allí, y tengo una serie de documentos que lo respaldan. El exministro de Salud, el doctor (Mauro) Falconí, atiende una fiesta con mariachis, regresa y contagia a mi despacho, y muere Gabriel Rivadeneira, el abogado del MSP. No aceptar y creer que los médicos somos dioses infalibles es un error enorme.

El exministro de salud Mauro Falconí. Foto: Primicias / Presidencia.
—A la par del problema sanitario, la cuestión política fue complicándose. Empezaron las denuncias de corrupción por la compra de insumos, de medicinas…

—Lo político constituyó un problema cuando vinieron las medicinas, los insumos, los ventiladores, las mascarillas, las bolsas para cadáveres… ahí realmente viene el problema gravísimo que es la corrupción. Se llegaron a vender bolsas de cadáveres que cuestan cuatro, ocho dólares en 120. Desde siempre, dentro de MSP, y particularmente dentro de los hospitales públicos, esa ha sido la tónica. La ley dice que cada centro debe hacer las compras de medicamentos, hay setecientas instituciones dentro del MSP que pueden hacer compras directamente. A pesar de que yo, como ministro de Salud, tenía la potestad de “a dedo” comprar mascarillas, ventiladores, medicamentos… nunca lo hice, siempre saqué a concurso, ahí vinieron los problemas.

—¿Cómo cuáles?

—Por ejemplo, la renuncia del doctor (Pablo) Izquierdo del hospital Eugenio Espejo. Yo le había pedido que sacara a personas de las que yo tenía certeza que habían cometido corrupción, pero no lo hizo y tuve que sacarle. Y de esos fueron decenas de médicos de varios hospitales, los casos de las ínfimas cuantías… En el hospital General Guasmo Sur (Guayaquil) hubo cerca de cuatrocientas ínfimas cuantías. Allá va el dinero, esa es la desesperación, esa era mi desesperación. Yo volvería a asumir la responsabilidad de diez mil pandemias, pero no una corrupción. Después caen los Salcedo, la gente del Guasmo Sur, me voy enterando de los problemas del (hospital) Teodoro Maldonado, de toda la corrupción en Manabí… nunca volvimos a contratar un gerente o director de hospital sin que hubiera por lo menos tres concursantes.

El gerente hospitalario Pablo Izquierdo. Foto: El Comercio.
—¿Lo que me quiere decir es que su intento por frenar la corrupción le generó problemas políticos?

—Ese es mi problema político. Lo de los médicos son otros cinco pesos, porque se creen dioses y se creen con la sabiduría extrema, pero el problema real es de la corrupción que se frenó, por eso, cayeron personas que tenían pruebas PCR en sus propias casas, expresidentes… Ese para mí es el problema. Un asambleísta, Ángel Sinmaleza, que es mi denunciante dentro del juicio político, pidió una reunión con dos de mis asesoras y les dijo que él tiene que ser quien escoja al director zonal para Bolívar, porque él es de Guaranda. Mis asesoras le dicen que no, que esa no es la manera de hacer política, se levantan y se van. Y ese es el que me denuncia a mí.

Ángel Sinmaleza. El asambleísta que me enjuicia fue vacunado en Guaranda. Foto: El Comercio.
—¿Cómo duró usted, a pesar de esto, casi un año en el cargo?

—Por los resultados.

—Lo siguiente es el plan de vacunación, ¿hubo o no plan?

—En junio yo anticipé que la única salida era la vacuna, y comencé a hacer negociaciones. Viajé a Europa y a Washington para tratar de conseguir las vacunas. Estuvimos tratando de conseguir las vacunas a como dé lugar, pero no había plata ni vacunas. Hubo un plan de vacunación. Desde junio se fueron efectuando las negociaciones. Entonces, hubo un plan, un borrador de un plan que se puso a consideración de las mesas técnicas, del presidente de la República y de toda la gente en diciembre, y luego se subió a la red.

—¿Entonces, el presidente sí conocía el plan?

—El plan de vacunación fue discutido diez veces con el presidente, frente al presidente, él participó, fue informado… ¿Por qué el presidente dijo que estaba en la cabeza del ministro? No entiendo. Es algo que no logro entender. Yo respeto muchísimo al presidente Moreno, me dio la oportunidad de servir al país y cualquier conclusión que la saque el lector o usted, pero él sabía y no estaba solo en mi cabeza.

El plan de vacunación fue discutido 10 veces con el Presidente. Foto: API César Muñoz.
—¿Pero cómo se construye este plan, con quién?

—El plan requiere de varios sectores y actores. En primer lugar, de la compañía farmacéutica, que no puede entregar la vacuna sin un plan. Pfizer capacitó a dos mil personas para que administren la vacuna. Estábamos trabajando desde octubre con varios actores como la empresa privada, con María Gloria Alarcón, y ella lidera un grupo de expertos en logística. Yo armo una coalición público-privada en la que entran varias universidades también. En la mesa técnica diariamente se discute cuándo viene la capacitación, los insumos, qué se necesita.

—Sobre la discrecionalidad con la que inició la vacunación. ¿Cómo se armaron las listas de los primeros vacunados?

—En el plan se dice que las poblaciones a vacunarse serán definidas con base a evidencias técnicas y a la discrecionalidad de la autoridad sanitaria nacional. Yo nunca tomé esa decisión, pero la compartí con el grupo. Uruguay, Australia e Indonesia vacunaron a gente joven porque ellos transmitían más, mientras que otros países vacunaron a la gente mayor. En la Fase 0 nosotros pusimos primero al grupo de primera línea y, segundo, a los geriátricos. Es relativo a quién se vacuna, primero porque no todos los países ni poblaciones tienen el mismo derecho o un derecho igual y eso es subjetivo.

—¿No todas las poblaciones tienen el mismo derecho?

—Hay evidencias científicas que lo determinan. En otros países, las vacunas no fueron a la primera línea, sino a la gente de los geriátricos.

—Le insisto, ¿cómo se armaron las listas iniciales?

 No me fugué del país, mi abogado me dijo “váyase mientras pueda”.

—Las listas vienen hechas por los hospitales. Nosotros pedimos que manden la lista de las personas de primera línea. La cotejamos al principio con las listas de talento humano. Y así se comienza a vacunar, pero quisimos ser justos y dividimos las primeras vacunas en las veinticuatro provincias para probar si la distribución era correcta. Después vinieron los gerontológicos. De los gerontológicos no tenemos control, no tenemos acceso a talento humano, ellos podían poner a cualquier persona. Fuimos a los gerontológicos porque son los sitios donde murieron más personas en Europa. Esa es la verdad.

—Entonces, ¿cómo se escogieron los gerontológicos?

—No fue discreción mía, yo no participé en la selección de nadie. El 5 de enero el centro geriátrico Rivera del Río Senior Suites, que queda frente al hospital de los Valles, envió la solicitud. Estuvo firmada por la directora general, Cecilia Cobas, que pide vacunar al personal. Como no había mucha disponibilidad de vacunas, se le dice que sí, pero para veinticuatro personas. Ella organiza para que los vacunados sean empleados, residentes, cuidadores y otros. En esa lista está mi mamá que tiene 88 años y ha tenido dos cánceres.

—¿No tuvo injerencia alguna en la vacunación de su madre?

—No. Yo podía haber sacado a Rivera del Río porque ahí estaba mi mamá o podía haber dicho que no vacunen a mi mamá, pero antes de mi mamá se habían vacunado 1878 personas en cinco ciudades del país: Cayambe, Quito, Guayaquil, Cuenca y Azogues, y cuatro otros centros, entre ellos, la Junta de Beneficencia, un privado y otro del MIES (Ministerio de Inclusión Económica y Social) en Cayambe.

—Pero, entonces, ¿todos esos centros solicitaron las vacunas?

—Solicitaron, solicitaron. El hospital Metropolitano, de los Valles, la clínica Colonial… mandan su lista de primera línea y nosotros no podemos comprobar.

—Hablemos de los vacunados VIP, ¿por qué se escogió a gente que no estaba en primera línea para ser vacunada?

—En una reunión de Gobierno decidimos que había que mandar un mensaje de institucionalidad al país, por eso, invitamos a la fiscal general, al procurador, al contralor, al presidente del Consejo de Participación Ciudadana, a varios ministros de más sesenta años de edad… porque son elementos importantes para preservar la institucionalidad del país. La fiscal dijo que no porque tuvo covid, los ministros fueron vacunados, ellos y sus esposas. Pablo Celi dijo que había estado confinado, entonces no le interesaba, lo mismo Íñigo Salvador, que dijo que prefería que vacunen a alguien de primera línea.

—¿Y eso se decidió en una reunión entre quiénes?

—Varias personalidades del Gobierno, no le voy a dar los nombres… Pero fue en una reunión de Gobierno que se decidió convocar a las autoridades del Estado y, obviamente, al señor presidente y a la primera dama.

—Pero es de esperarse que se vacune a un presidente que, además, tiene una discapacidad y es de la tercera edad… ¿Por qué no se comunicó y se mantuvo ese secretismo?

—Son políticas de Estado, son problemas de comunicación, no logro interpretar por qué no. A mí no me importaba, la importancia para mí era vacunar a esas personas porque yo creo en la continuidad de la institucionalidad. Yo tomé la decisión, por ejemplo, de llamar a varios rectores de las universidades porque creo que las universidades deben vacunarse rápidamente y, por eso, se vacunan el rector de la UDLA, de la UEES… los otros rectores malinterpretan mi invitación y se hizo un problema político.

—Es que, nuevamente, el problema es que ellos develan la invitación y a la vez su rechazo. Pudo haber sido con buenas intenciones, pero no se entendió así…

—Lo acepto. Pero también ese es un juicio de valor suyo. Estoy consciente de eso y mi misión en esta entrevista es decirle la verdad y dejar que usted desarrolle como quiera la entrevista y publique lo que a usted le parezca, y que sea el criterio de la persona que lee esto el que saque la conclusión.

—Luego vinieron los periodistas. ¿Por qué?

—Eso se discutió de nuevo entre el Gobierno y la mesa técnica y se vio la intención de que la vacuna fuera ejemplificadora. Es decir, si vacuno al señor Diego Oquendo o a Gonzalo Rosero, estoy haciendo algo ejemplificador porque en el hospital de Chone un día el 80 % del personal médico de primera línea no quiso vacunarse diciendo que no cree en las vacunas, que las reacciones… Se vacunó 20 %. Por eso, se decidió ver dignidades que puedan vacunarse. No es ningún pecado, estamos vacunando, no estamos mandando a las personas al paredón. Si a usted le dijera que hay la oportunidad de vacunar a sus papás porque puede tener un impacto ejemplificador, usted me diría que sí.

—No, le diría que no…

—Pero ese es un juicio de valor, no es una ilegalidad. Yo estoy siendo investigado por un delito de tráfico de influencias porque vacuné a mi mamá de 88 años que vive en un centro gerontológico que el 5 de enero mandó una carta pidiendo que le vacunen.

—Pero antes me dijo que no tuvo injerencia en eso…

—No, yo nunca fabriqué una lista, nunca puse a una persona, nunca dictaminé, excepto a los ministros, al presidente de la República y a los rectores de las universidades.

—¿Entonces por qué lo de los periodistas no tuvo el impacto que buscaron? ¿No cree que si lo anticipaban era mejor?

—No sé. Le soy franco. En términos de comunicación hay varias ópticas. Se había dado el problema de mi mamá, que lo hice como médico, como ministro de Salud y como hijo, yo nunca escondí lo de mi mamá pero tampoco escogí que mi mamá fuera vacunada.

—La crítica nace porque la idea era vacunar primero a los centros gerontológicos públicos donde viven personas con menos recursos…

—¿Por qué? ¿No tiene el mismo derecho la gente que tiene más recursos que la que tiene menos recursos? Entramos en un juego de juicios de valores del que es muy difícil salir.

—¿No considera que alguien con recursos puede enfrentar mejor la enfermedad que alguien que no los tiene?

—No es verdad. Si a usted mañana le diera covid y me pide una opinión de a dónde ir, le diría que vaya al Eugenio Espejo o al Pablo Arturo Suárez, ahí es donde mejor atienden a los pacientes con covid. Entonces, el argumento de que se privilegió a alguien que tiene más recursos no tiene asidero porque la vacuna es universal, gratuita y voluntaria, y ese es mi mérito.

—¿Y por qué cuando se solicitó que liberen las listas no lo hicieron?

—Porque hay una prohibición legal, constitucional… por un derecho de confidencialidad y privacidad de los pacientes. ¿Usted liberaría si supiera que tiene un hermano con sida? Pero apenas la fiscal solicitó, se lo dimos, excepto el dato de a quién se vacunó con la segunda dosis de la primera dama que no pudo darse en ese momento porque no estaba ahí. Lo que dice el gerente del Pablo Arturo Suárez, Pedro Molina, es que cuando llegó allá le indicaron a quién vacunar. Y es la Presidencia la que no le envía la lista y falló el doctor Molina también porque él debía registrar nombre, apellido y cédula de la persona. Es un error, una negligencia. Cuando nosotros solicitamos como MSP que envíen los nombres, no lo hicieron. Es en el único caso en el que no se cumplió. Y esa es la razón del allanamiento al MSP y al Pablo Arturo Suárez.

Existe ausencia de políticas púbicas en materia de salud. Foto: Vicente Gaibor.
—¿Usted pensó renunciar antes?

—Renuncié en noviembre, cuando las vacunas ya estaban conseguidas y teníamos varios acuerdos. En diciembre quería tener paz, regresar a mi familia. Nos reunimos con varias personas del Gobierno y me dijeron que no podía renunciar porque las vacunas todavía no llegaban e iba a ser una hecatombe el proceso de vacunación. Cuando salió lo de mi mamá, me reuní con el presidente y le dije: “Señor presidente, esto le está salpicando y no quiero que le salpique. Yo asumo la responsabilidad, yo jamás he negado que se vacunó mi mamá, yo no hice las listas”. Entonces, me dijo: “Tú tienes que salir por la puerta grande, no lo hagas, no renuncies, te necesitamos, quédate, tienes todo mi respaldo”. Cuando saltó lo de los VIP es que dije necesito firmar con Sinovac los dos millones de vacunas, y aumentar la cuota de Pfizer. Me fui cuando firmé las contrataciones.

—¿Y por qué dejó al día siguiente el país?

—Tengo tres hijos acá. Fueron once meses extremadamente duros y había varias denuncias ya. Yo le dije a mi abogado que pensaba irme el fin de semana a Estados Unidos y me dijo: “Aquí hay un problema político y mediático muy fuerte… váyase mientras pueda”, y esa fue la razón. Pero yo no me fugué. Pero también compréndame, fueron once meses de trabajo durísimo. Estoy acá por eso, pero tengo miedo de que me pongan orden de arraigo porque mi familia está acá.

—¿Es verdad que el presidente lo animó a viajar?

—No. Yo hablé con el presidente la noche anterior y le dije que esperaba recibir lo de Sinovac. Él me dijo de chiste a chiste: “Ándate, pero tómate unos dos cocteles a mi nombre. Y eso fue”.

—¿Usted ha retomado su trabajo?

—Estoy como consultor internacional de la Universidad de Miami, estoy con la UEES en programas de innovación académica, de secuenciación. Estoy trabajando en eso para que laboratorios de cuatro instituciones del Ecuador más dos de Florida investiguen conjuntamente para detectar las variantes de los virus.

—¿Qué hay que sanear en el MSP?

—Es bien difícil cuando hay 57 mil médicos trabajando ahí y cuando hay tanta, tanta corrupción; ese es el problema. Toda esta salpicada contra mí obedece a que no pudieron robar.

—¿Usted piensa regresar al Ecuador?

—Sí. Me dio mucho gusto que gane el presidente (Guillermo) Lasso, nada que tenga que ver con (Rafael) Correa quisiera volver a ver. Por supuesto que quiero volver al país.

Decidí renunciar, pero después de firmar con Sinovac. Foto: API Daniel Molineros.
—¿Qué le dicen sus abogados?

—Es un momento de expectativa, no se sabe qué va a pasar, pero confío en que se haga justicia, aquí no hay un delito. Todo es un juicio de valor. Necesitamos dejar de apuntarnos los unos a los otros, necesitamos dejar de ser agresivos. Basta de eso, de las persecuciones, de encontrar culpables donde no hay; esa cobardía del anonimato de las redes sociales es terrible.

—¿Ya no se va a presentar más a la Asamblea Nacional?

—No, porque tengo el derecho constitucional de enviar mis descargos por escrito o por Zoom, escogí hacerlo por escrito porque no me quiero enfrentar a una persona que no vale nada como Ángel Sinmaleza, que fue vacunado en Guaranda y es un odontólogo que no ve pacientes desde hace años, que tiene juicios y está bajo investigación.

—¿Le afecta la mala percepción que tiene la ciudadanía de usted?

—He recibido solidaridad de mucha gente, de muchísimos médicos, familiares. De las otras, es difícil cambiar eso pero, además, es transitorio porque mi vida ha estado sustentada en principios y valores, ¿qué me puede preocupar que un anónimo me insulte en redes sociales porque no puede robar más? Estoy en paz, creo que hice las cosas que debía haber hecho.

—¿Cómo tomó la censura de la Asamblea Nacional?

—Me es completamente indiferente, una Asamblea completamente desprestigiada, desacreditada… que lo que busca es irse contra el expresidente Moreno y su Gobierno, y la cabeza visible en este punto en particular sigo siendo yo. Aspiro a que la nueva Asamblea tome otros rumbos.

—¿Se arrepiente de haber aceptado ser ministro?

—Si logré salvar una vida y mitigar el dolor de la gente con covid… lo volvería a hacer una y mil veces. Enfrentaría mil pandemias, pero no podría resistir la corrupción un minuto más, que es el problema de fondo del MSP.

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